lunes, febrero 23
jueves, febrero 19
Ma vie est triste à mourir
Que la vida es triste no es ninguna novedad.
Me despierto sola a las 5:55 con el Quelqu'un Ma Dit de Carla Bruni y miro el móvil (siempre), a ver si tengo sms. Normalmente no tengo, a no ser que haya estado hablando con cierta persona hasta tarde. Me levanto, frecuentemente diez minutos más tarde que el despertador. Voy al salón, cojo una manta y me envuelvo en ella mirando al teletienda. A las 6:30 me despierto de mi semisueño y me visto deprisa, con lo primero que pillo. Salgo de casa, voy a la estación. Siempre pierdo el tren que va al Escorial, siempre lo veo pasar cuando estoy en el paso de cebra de la calle Ferraz, junto a la Papelería Goya. SIEMPRE. Entro a la estación, cojo el 20min y pillo el tren de las 6:58. Normalmente a y 10 estoy en Torrejón y a y 25 en Sta Eugenia. Suelo llegar a Nuevos Ministerios a las 8:47 (es matemático). Salgo y me encamino a la línea 6 por el camino más largo, por donde no va nadie y todos corren hacia la línea 10. Bajo una rampa larga, giro a la derecha y ando unos metros. A la izquierda está cercanías. Llego a otra rampa, esta vez de subida. Se oye el violín de ese hombre que toca todos los días la mismas cuatro notas. Yo no tengo ni zorra de música, pero SIEMPRE son las mismas 4 notas. Cojo el metro, de pie, escuchando a Lori Meyers. Salgo. Entro a la facultad (primero a izquierda, luego a la derecha un pasillo larguísimo, luego a la izquierda un poco y llego a clase). Me siento siempre en la misma silla, cojo apuntes, estoy callada, hermética. Pasan 4 horas, cojo el metro, voy a Avda de América, cojo el bus, 35 min y llego a casa.
Y esto es lo que pasa un día tras otro, un día mediocre tras otro. Y habrá que continuar así, aguantando, ya que tenemos que vivir por obligación.
lunes, febrero 16
Lisozima
Una niebla glaseada y gaseada que me asfixia poco a poco, con su olor mortecino, dulzón, afilado. No triste. Triste es una palabra demasiado fácil, demasiado vaga, carente de significado agudo. Ojos punzantes que se juntan con mis pensamientos paranoicos, como de manía persecutoria. Me miran. Me miran y sonríen. No importa el lugar ni el tiempo, siempre están ahí. Algo me marca, algo vergonzoso y repugnante que yo no soy capaz de ver, ni por tanto, de cambiar, algo que me señala. Me miran. He visto cómo me miran. Todos y cada uno de ellos, a la vez. Me giro y ríen. ¿Qué es más fácil? ¿Aniquilar a todo el mundo o darme cuenta de que soy yo la que no encaja, la que debe irse?
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lunes, febrero 9
Tokyo
Amor... me encuentro a tus labios entreabiertos, jadeantes, con un brillo suave, no aceitoso, sino como de escarcha dulce sobre la guinda de un pastel de cumpleaños. Me miran y me susurran con su lenguaje de latidos, de volcanes humeantes, de palabras fulminantes. Los beso y me besan, apenas mojados con el roce placentero de tu lengua. Cálidos, ocres, intensos, pimentosos. Y desde allí viajo por todo tu cuerpo, palpando cada relieve, cada cabo y cada golfo, cada pliegue inusitado, cada línea erguida...
domingo, febrero 8
Cristal
No es vidrio, es cristal. Que no es lo mismo.
Los ojos de los muertos son vidriosos, artificiales, usados, humanos. Como el vidrio, humano. Vidrio. Siempre me ha gustado esa palabra. Difícil de pronunciar, de empatizar con ella.
Tus ojos son naturales, cristalinos como el cuarzo. Aún no han sido fundidos, ni rotos, ni usados. No usados de verdad, quiero que despierten conmigo. Que todo lo anterior sea un sueño, que empatices con cada imagen que te muestre, con cada lámina y cada óleo. Que me pinten de nuevo tus ojos cristalinos, que me miren hasta que los míos se paren vidriosos.
Los ojos de los muertos son vidriosos, artificiales, usados, humanos. Como el vidrio, humano. Vidrio. Siempre me ha gustado esa palabra. Difícil de pronunciar, de empatizar con ella.
Tus ojos son naturales, cristalinos como el cuarzo. Aún no han sido fundidos, ni rotos, ni usados. No usados de verdad, quiero que despierten conmigo. Que todo lo anterior sea un sueño, que empatices con cada imagen que te muestre, con cada lámina y cada óleo. Que me pinten de nuevo tus ojos cristalinos, que me miren hasta que los míos se paren vidriosos.
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