lunes, diciembre 28

Rompía con violencia la tormenta sobre mi cráneo encajado blandamente en mis oídos y bramaba el dolor agudo con sus notas graves sobre mi pulso nulo. Lloraba y lloraba, y nunca dejaba de llorar sobre los tejados blancos que me habían visto caer con cada bofetada asfixiada de viento. Se me introducía por la boca a pesar de mantenerla cerrada. No soy hermética. No soy hermética. Me lo repetía con el golpe rítmico de las teclas punzantes sobre mi corteza cerebral metálica. Lloraba y lloraba cada uno de mis amasijos de mediocridad oxidada, ya que siempre y siempre volvía a caer precipitadamente hacia un abismo gélido que me tragaba con sus garras calentadas de dolor, fricción y tristeza. Y caer en una superficie plana tras miles de kilómetros de verticalidad negativa y comprobar que mis piernas de queratina sólo son capaces de elevarme unos centímetros para caer casi al instante. Y darme cuenta de que la gravedad es mucho más poderosa amarrándome de las heridas escocidas para volver a caer contra mi voluntad otros miles de kilómetros. No sé si soy yo o la gravedad la que me impulsa hacia el abismo, pero creo que más bien es un conglomerado de ambas. En ese momento me apetece encuadernarme y rayar a pluma estilográfica miles de veces mi obsesión en las últimas páginas, todas a la vez, todas reducidas al factor común que multiplica el aguijón. Es un intento desesperado por borrar una existencia ya borrada para casi todo el mundo, menos para mi dolor austero y palpitante. Era tan bonita la belleza y la vida. Lo era realmente...
Pero me quemaré y luego quedarán restos de mí, que no harán sino contaminar todo el aire con su tristeza volátil. Tal vez el Sol me atraviese y me descomponga en arcoiris. Tal vez, pero la belleza siempre fue prismática.

viernes, diciembre 25

Me tumbé en la cama, resignada a que el dolor finalmente hiciera acto de presencia.
Resultó algo atroz. Tenía la sensación de que me habían practicado una gran abertura en el pecho a través de la cual me habían extirpado los principales órganos vitales y me habían dejado allí, rajada, con los profundos cortes sin curar y sangrando y palpitando a pesar del tiempo transcurrido. Racionalmente, sabía que mis pulmones tenían que estar intactos, ya que jadeaba en busca de aire y la cabeza me daba vueltas como si todos esos esfuerzos no sirvieran para nada. Mi corazón también debía seguir latiendo, aunque no podía oír el sonido de mi pulso en los oídos e imaginaba mis manos azules del frío que sentía. Me acurrucaba y me abrazaba las costillas para sujetármelas. Luché por recuperar el aturdimiento, la negación, pero me eludía.
Y sin embargo, me di cuenta de que iba a sobrevivir. Estaba alerta, sentía el sufrimiento, aquel vacío doloroso que irradiaba de mi pecho y enviaba incontrolables flujos de angustia hacia la cabeza y las extremidades. Pero podía soportarlo. Podría vivir con él. No me parecía que el dolor se hubiera debilitado con el transcurso del tiempo, sino que, por el contrario, más bien era yo quien me había fortalecido lo suficiente para soportarlo.

miércoles, diciembre 9

Capsaicina

Descaradamente rota por su epicentro vibrante. Me contemplaba con sus labios húmedos, mojados, empapados en saliva disuelta, fundida con otros fluidos. En un vaivén golpeteaba con sus caderas el suelo ardiente, quemaba el suelo con la profunda lava. Dirigía sus movimientos sin mover, sin apenas contraerse. Rompía en ácido recalentado y se quemaba a sí misma. Mojada. Empapada. Disuelta. Líquida.
Donde se acaba mi boca empezarán tus labios.

miércoles, diciembre 2

En realidad amo demasiado la vida como para dejarla atrás. Miles de filias y millones de fobias, ¿pero qué otra cosa es la vida si no? Manojos de sensaciones, ramos de sentimientos, flores. Flores que recogemos y apilamos.
Salir con unos zapatos nuevos a la calle mientras huele aún de manera penetrante a nube recién caída. Mirar el mundo gris, admirarlo. Es gris, pero tú te sonríes por dentro. Sólo tú te estás fijando en lo gris que es, y te parece maravilloso escuchar esa música que para los demás son ruidos. Ponerte un lazo en el pelo, hacerte unas trenzas, llevar un vestidito con canesú. Volver al principio, recordar. De repente todo vuelve a ser triste. Pero quitemos adjetivos. La vida es. Es a sí misma. Dolor, sufrimiento, emoción, rabia, tristeza, disforia... son sólo pegatinas, subjetividades.
Nunca he pensado de una manera seria hacer las maletas. A veces siento rabia, me tiro del pelo, deseo que caiga un rayo sobre mi eje. Pero no hago nada. ¿Cobardía? Seguramente, pero qué más da...